FUNDADOR INFANCIA

MONSEÑOR CARLOS FORBIN JANSON

Carlos Augusto María José de Forbin Janson nació en París en 1785.        Su padre era el célebre marqués de Janson, teniente general del ejército, y su madre descendía de los príncipes de Galean. El pequeño tenía apenas cuatro años de edad cuando se desató en su país la “Revolución Francesa” y dado que su familia era muy acaudalada, se vio obligada a exiliarse en Alemania por la persecución de que eran víctimas las clases más altas de la sociedad. Al término de la revolución, en 1799, los Janson regresaron a Francia y Carlos Augusto recibió entonces su Primera Comunión.

A los 33 años fue ordenado sacerdote en Chambery, a manos del obispo de esa ciudad que lo nombró su vicario general. Tuvo a su cargo el seminario de Gap, pero no se sentía contento con las funciones administrativas. Volvió a París para dedicarse a instruir a los niños en la parroquia de San Sulpicio. Forbin descubrió en el apostolado su gran pasión y se abocó a organizar misiones para combatir las doctrinas que tanto daño causaban a gente inocente. Recorrió Francia completa convirtiendo con sus palabras a muchos corazones que se habían alejado de Dios. Fue también un hombre muy generoso.

MATANZA DE NIÑOS CHINOS

Después de una década de trabajo apostólico, en 1824 fue nombrado Obispo de Nancy y de Toul, aunque cabe recordar que anteriormente había rechazado el ofrecimiento de la alta dignidad episcopal que le había hecho el cardenal Perigord. A los 45 años de edad, la revolución lo separó de su grey y tuvo nuevamente que partir al destierro que además de arbitrario resultó ser providencial. Monseñor Forbin pidió al Santo Padre una misión en el Asia y aunque no fue negada esta petición, finalmente no se concreta.

Su fortuna socorría a cientos de pobres, e incluso se desprendió de unos ornamentos pontificales para obsequiarlos a un obispo pobre de Oceanía. Fundó casas de retiro para los sacerdotes ancianos y enfermos, entre otras múltiples obras caritativas que emprendió con entusiasmo.

En 1839 partió a América acompañado de algunos misioneros. Su destino durante 18 meses fue Canadá donde se dedicó a predicar al aire libre ante auditorios de diez mil y hasta 20 mil personas.

En medio de tantas actividades, monseñor Forbin Janson se preocupaba en especial de las noticias que recibía respecto a la situación que vivían cientos de miles de niños en China. Los bebés no deseados por sus padres eran inmolados en piras enormes, ofrecidos como alimento para animales, expuestos a morir en las calles o ahogados en los ríos.

La idea de fundar la Santa Infancia nació en concreto en una conversación sostenida entre Paulina Jaricot (fundadora de la Obra Propagación de la Fe) y el sacerdote Filipino de Riviere. A ellos se les ocurrió que los niños cristianos salvaran a los niños de otras partes del mundo, ofreciendo cinco céntimos al mes y rezando una oración cortita. Esta solución brilló en la mente de monseñor Forbin Janson, quien había conversado con Paulina Jaricot. Ella fue una de las primeras inscritas en la Infancia Misionera. Las ideas se convirtieron en hechos: el prelado se propuso destinar su vida y parte de su fortuna a la noble causa.

Lo primero que hizo fue contagiar a todos los obispos de Francia de su entusiasmo y vitalidad, después viajó a distintos países para conseguir más adeptos: en Bélgica lo recibió el rey Leopoldo I quien de inmediato nombró a sus hijos como protectores de la Infancia Misionera en su reino.

Monseñor Forbin Janson les contaba a todos que la Obra sustentaba el bautismo, educación y rescate de los niños chinos. Su plan era viajar a China misma, pero su salud comenzó a deteriorarse. Pocos días antes de morir, la Infancia Misionera ya se hallaba asentada en 65 diócesis y los nuncios apostólicos de Bélgica, Holanda y Suiza ya la habían recomendado a sus obispos. El último aliento del prelado fue para encomendar su Obra en manos de la Providencia y el 11 de julio de 1844 falleció entre los brazos de su hermano el marqués de Forbin.

 PEQUEÑOS EVANGELIZADORES

Nunca imaginó Forbin Janson que la Infancia Misionera llegaría a crecer tanto al punto que hoy está convertida en un enorme árbol que cobija a niños del mundo entero, no sólo de China sino de todos los continentes. Si bien la Obra nació en Europa, durante el siglo XIX llega hasta América Latina y en la actualidad está presente en 115 países, la mayoría en iglesias jóvenes que han descubierto el quehacer esencial de evangelizar a los niños para que siendo evangelizados se conviertan después en evangelizadores. Agrupados en equipos de doce, los niños se comprometen a colaborar económicamente y hacer todos los días una pequeña oración por los misioneros y los niños del mundo. También son invitados al encuentro con Dios en la liturgia y los sacramentos. La educación misionera y la cooperación misionera son los dos principales pilares de este trabajo. De esta forma, los niños participan en la obra evangelizadora de la Iglesia, siendo incorporados a Jesús a través del misterio de su Santa Infancia.

Los niños de la Infancia Misionera quieren ser testigos del amor de Jesús e intentan con originalidad y creatividad, dar una respuesta a los sufrimientos de millones de niños en el mundo que se encuentran desamparados. Dios no los abandona a su suerte. Por algo la Obra ha llegado a cumplir 160 años de existencia. El Papa Juan Pablo II envió a los niños misioneros que participan en esta gran tarea un mensaje en que les señala que: “En los niños pobres y necesitados podéis reconocer el rostro de Jesús. Os esforzáis de muchos modos de compartir la suerte de los niños obligados al trabajo y de socorrer la indigencia de aquellos pobres; os solidarizáis con las ansiedades y con los dramas de los niños implicados en la guerra de los adultos; rogad cada día porque el don de la fe, que vosotros habéis recibido, sea participado por millones de vuestros pequeños amigos que todavía no conocen a Jesús”.