FUNDADORA SAN PEDRO APOSTOL

Juana Bigard nace el 29 de septiembre de 1859 en Coutance, Francia. Su madre, Estefanía, era una mujer muy religiosa, que vive una piedad estricta. Juana, tenía 19 años de edad cuando su padre, un prestigioso magistrado en la audiencia de Caen que había dejado de lado su fe y la práctica religiosa, se quitó la vida. Libre pensador y ateo, no pisó nunca más una Iglesia desde el día en que se casó. Su trágica muerte unió más a madre e hija. Juana, a los 23 años de edad, hizo la promesa formal de no amar más que a Jesucristo y, con el fin de orientar su dolor hacia la salvación del alma de su padre y de las almas en general, tomó secretamente, con permiso de su confesor, el nombre significativo de ”María de la Cruz”.

Por esos días, ellas conocieron la iniciativa de otra joven de Orleans, Zoé Duchesne, a quien la lectura de los Anales de la Propagación de la Fe (fundada por otra laica, Paulina Jaricot) la motivó a dedicarse a la preparación de ropas y ornamentos sagrados para los misioneros. Esta labor les produjo a ambas un gran alivio, en especial al ponerse en contacto con un misionero del Japón, el padre Villión, quien les contaría de los grandes problemas inherentes a la evangelización de los pueblos no cristianos.

El sacerdote era misionero en Kyoto y fue el primero con el que ellas entablaron correspondencia epistolar. Juana y Estefanía le enviaron generosos donativos para la construcción de la primera iglesia católica en la ciudad sagrada de Japón, la antigua capital del imperio. El templo de Kyoto estaría dedicado a su primer misionero: San Francisco Javier.

Sin embargo, otro enorme dolor aflijiría a estas caritativas mujeres. En septiembre de 1887 y mientras ambas se encontraban en peregrinación a Lourdes recibieron un telegrama urgente enviado desde Lisieux, donde vivía el hermano mayor de Juana, Renato, quien al igual que el padre era magistrado en aquella ciudad.

Resulta que al manipular una lámpara de alcohol, ésta había estallado en el rostro a Renato y él, inflamado como una antorcha humana, corrió por las calles de Lisieux buscando una fuente donde apagar las llamas. Murió sin alcanzar a verlas, pero recibió la absolución sacerdortal y reconciliado con su fe. Juana le escribió días después al misionero de Kyoto:

”No sabíamos lo que nos iba a costar esa querida iglesia de Kyoto. Pensábamos entregar para ella un poco de oro, pero vemos que son necesarias lágrimas, corazones destrozados, víctimas. No tengo más que la fuerza de caer a sus pies, rota por el dolor. Que todo el mundo ruegue, suplique al Señor. A usted, con el dolor más profundo, Juana Bigard.”

Estefanía no se quedó atrás y también escribió al padre Villión: ”Sobre la tumba del hijo querido forzaremos la inconmesurable misericordia de Dios para la salvación de su alma. Sobre su sepulcro hemos hecho el voto de que la construcción de su iglesia será apoyada más decididamente que antes”.

Pobreza incomprendida
Después vendría la carta del Obispo de Nagasaki (la misma ciudad que años después sería asolada por una bomba nuclear) y leerla y desprenderse de los bienes fueron una sola cosa. Juana entregó de partida toda la dote que su padre le había asignado para su futuro matrimonio. Más adelante echó mano de su herencia y de acuerdo con su madre, puso en venta la mansión en que vivían y se trasladaron juntas a vivir a un pequeño departamento. Joyas y vestidos elegantes desaparecieron de su vista para siempre. Sumidas en una completa austeridad, madre e hija se dedicaron a interesar a otros católicos en el tema de los seminarios en los puestos de misión.

¿Alguien puede imaginar cómo reaccionó la alta sociedad frente a esta insólita actitud de desprenderse de tanta riqueza?
Familiares y amigos les dieron la espalda e incluso el obispo de la diócesis no alcanzó a comprenderlas. Al prelado no le cabía en la cabeza que Juana se empeñara en movilizar generosidades por las iglesias lejanas, cuando eran tantas las urgencias de una Iglesia francesa asediada por las ideas revolucionarias y por el sectarismo napoleónico. Los ricos industriales y los políticos llegaron a considerar los proyectos de Juana como contrarios a los intereses de la metrópoli. No faltaron las almas piadosas que consideraron injusta e inconveniente la idea de fomentar un clero nativo que podría acabar con la ”gloria” y la autoridad de los misioneros europeos.

Poco y nada les interesaba saber que en Nagasaki vivían 50.000 cristianos descendientes de la primitiva cristiandad fundada por San Francisco Javier. Y que ellos, por temor a nuevas persecuciones, no se atrevían a acercarse a los nuevos misioneros. En el momento de su muerte ansiaban recibir los sacramentos, pero sus familiares no permitían la presencia de extranjeros. El obispo Cousin le escribía a Juana: ”Por el contrario, dejan fácilmente que el sacerdote nativo se acerque al moribundo ya que puede presentarse como un japonés cualquiera. Esta es la razón por la que aprecio tanto la obra de nuestros seminarios”.

Emocionada hasta las lágrimas, Juana ve en esta carta un claro llamado del Señor. Es por eso que la fecha de la recepción de la misiva, 1888, quedó para siempre señalada como el comienzo de la Obra de San Pedro Apóstol.

Universalismo misionero
Esta joven francesa vio en el seminario de Nagasaki el problema de todos los seminarios que existían o podían existir en tierras de misiones y puso su vida al servicio de esta empresa con voluntad firme y tenaz. Madre e hija fueron de puerta en puerta mendigando entre desconocidos y amigos la pensión de un seminarista japonés, pero ambicionando llegar más allá de esas fronteras.

En 1900 y a raíz de la rebelión de los Boxer en China (causante de la muerte de miles de creyentes cristianos), Juana escribió en forma clara: ”Qué triste es contemplar a nuestra santa religión sufrir de rechazo. ¿No se habría podido evitar en gran parte esta ruina si se hubiese dedicado más resueltamente a la formación del clero indígena en esa región, como hicieron los apóstoles y sus sucesores en nuestros países? Verdaderamente el odio al europeo entra por mitad en las persecuciones y, hay que reconocerlo, el sentimiento nacional existe en todos los pueblos, sean idólatras o cristianos”.

Certera en su análisis, esta joven mujer sabe que las misiones no son un fin en sí mismas sino que constituyen un período de transición, un paso previo para llegar al establecimiento definitivo de la Iglesia. Todos los pueblos tienen derecho a recibir de manera normal los siete sacramentos instituidos por Jesucristo. Y uno de ellos, el del orden sacerdotal, es fundamental para la permanencia de la Iglesia en el tiempo. ”No es la herencia la que llama al altar, sino la voz de Dios la que resuena para convocar aquellos que han sido elegidos en las filas, no de una sola tribu, sino de todas las tribus, de todos los pueblos y razas, ya que el sacerdocio de Jesucristo debe ser católico y universal, como es la Iglesia”, dijo Juana Bigard en el Congreso Mariano de Friburgo en Suiza, país donde ella finalmente tuvo que instalar la Obra Pontificia San Pedro Apóstol. El gobierno francés intentó confiscar los bienes que ella recolectaba para los seminaristas de las misiones y sus familiares -cegados por la ambición y el resentimiento- la llevaron varias veces a los tribunales enojados porque ella ”malgastaba” la herencia de su padre.

En 1897 las fuerzas de Juana comenzaron a fallar y su Obra en cambio continuaba expandiéndose y creciendo. Al morir su madre, entregó todo su capital a la Obra de San Pedro Apóstol y durante 16 años consecutivos trabajó intensamente por la causa. El último donativo que hizo su madre Estefanía fue de una beca perpetua para el joven seminarista japonés Genaro Hayasaka. Las hermanas Franciscanas Misioneras de María la acogieron en Suiza y el 22 de octubre de 1904, Juana les transfiere la Obra y renuncia a su cargo de directora.

En 1920 la sede de la Obra se transfirió a Roma. El pequeño grupo creado por Juana y Estefanía Bigard había crecido y se había difundido por toda Europa y fuera de ésta. Con la aprobación de la Santa Sede fue proclamada Obra Pontificia el 3 de mayo de 1922.

”Mi Dios -escribió a un prelado nipón- me hace pagar caro el honor de ser la madre de sus sacerdotes. Estos queridos seminaristas no sabrán nunca cuánto me cuestan”. Estaba por llegarle su prueba más dura: la pérdida definitiva de la razón.

Para la época en que se produjo la consagración del primer obispo japonés, monseñor Genaro Hayasaka, en 1927, Juana se hallaba postrada en una clínica siquiátrica en Alencon. Nunca supo de esta alegre noticia, al menos durante su vida terrena. Porque estamos seguros de que en el cielo, ella sigue velando por todos los seminaristas y sacerdotes nativos del mundo.

Juana Bigard murió el 28 de abril de 1934 y recibió sepultura junto a su madre Estefanía en el cementerio Montparnasse, en Francia.

Actualmente, la Obra asiste 884 seminarios en los cuales residen casi 73.000 seminaristas . Estos jóvenes provienen de los cinco continentes: Africa, Asia, América, Oceanía y Europa.

Por último, recordemos que Juan Pablo II nos ha invitado a apoyar esta Obra con estas apremiantes palabras: ”No podemos permitir que se pierda por falta de medios económicos ni una sola vocación al sacerdocio”.