FUNDADORA PROPAGACION DE LA FE

Paulina Jaricot nació en Lyon (Francia) el 22 de julio de 1799 en el seno de una familia de ricos comerciantes en sedas.

Su madre era Jeanne y su padre Antoine. Sus hermanos Paul, Sophie, Laurette, Narcisse, Jean-Marie y los dos últimos hijos Philéas y Paulina Marie.

Philéas y Paulina Marie, cercanos por la edad y vivacidad de carácter, se hacen inseparables en sus juegos, disputas y proyectos. Alimentados por relatos misioneros, sueñan con ellos. Philéas decide irse al seminario y posteriormente partirá a China. Su hermana quiere seguirle. El muchacho le replica: “Pobrecilla, tú no puedes, pero cogerás un rastrillo, juntarás un montón de oro, y me lo enviarás…”. Estas palabras más adelante comenzarían a tener vida en ella.

La joven demostró desde pequeña un gran amor por los pobres y por las misiones lejanas.

En 1818 su hermano Philéas le pide ayuda para las misiones. Paulina inflamó en entusiasmo y la llevó a organizar una colecta para la actividad misionera de la Iglesia ideando un genial método que pone en práctica en 1819: cada miembro debía buscar diez amigos que semanalmente aportaran el equivalente a un franco actual. En poco tiempo fueron cientos las personas comprometidas y después cientos de miles.

La característica de su vida al mismo tiempo que la explicación profunda del extraordinario éxito de las obras cuyos comienzos ella emprende, lo determina su preocupación de ir de persona en persona buscándoles, hablándoles, acompañándoles.

La vocación laical de Paulina la condujo a asumir otros compromisos apostólicos, es decir, fue una mujer que reconoció sus propios límites en el camino de la vida cristiana y se dedicó a buscar una respuesta más profunda. Fue voluntaria entre los enfermos incurables del hospital de Lyon (ciudad donde nació y murió); se empeñó en la reinserción laboral de las prostitutas; promovió las primeras formas de la nueva evangelización mediante la recuperación de la oración popular (Rosario viviente) y se preocupó especialmente por los obreros y sus injustas condiciones de vida.

Paulina se convirtió en Fundadora de la Obra de la Propagación de la Fe, que actualmente está presente en la mayoría de los países del mundo, siendo esta la primara de las cuatro Obras Misionales Pontificias.

Paulina Jaricot murió el amanecer del 9 de enero de 1862 pronunciando estas palabras “¡María! ¡Oh madre mía! ¡Os pertenezco totalmente!”

El 13 de junio de 1881 en Roma, el Papa León XIII escribe: “Es ella, efectivamente, quien, organiza, tras haber concebido el plan, la bella Obra de la Propagación de la Fe, inmensa colecta formada del óbolo semanal de los fieles, colmada de alabanzas por los obispos y la misma Santa Sede, la cual, habiéndose acrecentado maravillosamente, proporciona abundantes recursos a las misiones católicas”.

Es también a ella a quien se debe el feliz pensamiento de distribuir entre quince personas las quince decenas del Rosario. Así… ella propagó maravillosamente y rindió incesante la invocación a la Madre de Dios.

Entre otras tentativas para el bien, se debería aún a esta piadosa virgen los comienzos de la obra que tienen como fin la regeneración de los obreros, obra en la que en nuestros días trabajan tan útilmente y con tanto celo las Asociaciones Católicas y a las que Paulina Jaricot había consagrado los amplios recursos de su patrimonio.

Más una traición infame viene a despojarla de toda su fortuna. Además del amargo dolor de ver perecer una obra que ella amaba tanto y todas las angustias de una extrema indigencia, este desastre acumuló sobre su cabeza las penas punzantes y crueles que le causaron los acreedores, tribunales, viajes a pie, desaires, reprobaciones, calumnias, desprecios; en una palabra, todo lo que es capaz de abatir el corazón más valiente.

Dios lo permitía así, sin duda, de modo que aquella que había vivido para El y por la salvación de sus hermanos siguiera en el ocaso de sus días a Jesucristo muriendo por el pueblo que lo condenaba; y que, por su fe, su confianza, su fuerza de alma, su dulzura y la aceptación serena de todas las cruces, ella se mostró su verdadera discípula”.

“Como mostró Paulina, la misión es un asunto de todos los bautizados, porque cada uno puede ser, de acuerdo a sus modestas posibilidades, la cerilla que enciende el fuego. El fuego de su apostolado se preocupaba de no actuar sola; su inteligencia práctica la condujo a personalizar siempre su acción, a implicar a sus prójimos, constituyendo grandes ramificaciones de solidaridad y de acción”, dijo el Santo Padre con ocasión del bicentenario de su nacimiento en septiembre de 1999.